martes, octubre 31, 2006

Iniciativas Ciudadanas Democráticas mandan

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Oaxaca o el dolor de los colores



Oaxaca duele, hoy más que ayer, ayer igual que siempre. Oaxaca duele sí por la represión y por la guerra, más por la miseria. Más por la impunidad, más por la ignorancia, más porque a Oaxaca se le quiere en casa sombra, en cada esquina, en cada canto, en cada flor.



La brutalidad de ayer y de hoy en Oaxaca no es más que la estupidez de siempre: el gris acerado de la PFP y el verde muerte del ejército que a fuerza de golpes, de sangre y de odio pretenden opacar la estridencia y la vitalidad del color sureño: negro mole, azul mezcal, amarillo iztmeña, rojo percal.



Oaxaca duele en colores, lastima su sombra morena oculta detrás de un incendio, su falda naranja y su orgullosa silueta indiana. Oaxaca duele en colores, divina ella, parsimoniosa y estoica, correteada hoy en sus esquinas, ultrajada debajo de sus faldas, asediada en su hermosura.



Los colores de Oaxaca, los colores de Tamayo y de Toledo (por mencionar a los famosos), los del mercado y sus alrededores, los de su mar y los tonos de sus risas, los de sus guacamayas y sus cerros pelones, los colores de su alma y los matices de sus bailes… colores todos opacados por fuego de metralla, por gritos destemplados, por la fuerza gris de la ignorancia que acalla de un borrón todo lo que no comprende.



A Oaxaca no se le entiende, se le quiere y ya. Como a las mujeres, y más si son de fuego, si son de tierra. Hembra ancha de caderas, pechos de horizonte y una nariz como quien huele el tiempo. Así es Oaxaca, así la siento, así la quiero. Así me duele.



Me duele Oaxaca y me duelen mis amigos, que son alumnos, que son maestros. Me duele su dolor ennegrecido, su ausencia irrepetible, su eco memorioso. Me duele Oaxaca y me duelen sus calles de caos y de taxis locos, de polvo y de plantones, de béisbol y de mezcales. Oaxaca es a México lo que un remolino al agua: movimiento, ímpetu, esencia pura.



Oaxaca duele en sus colores opacados. Pero bien sabemos que es sólo un instante… ¿quién detiene al rojo barro? ¿al azul mezcal añejo? ¿al verde machete hiriente? Ni madres, Oaxaca hoy duele, pero se le ama más. Oaxaca me pinta el alma de pájaros y de aventuras, de libros y de amigos. Así que…



¡Chinguen a su madre los que pretenden opacar los colores de Oaxaca! Colores que son como mi alma: variopintos, ultramarinos, susurrantes y cachondos. A Oaxaca se le defiende en las barricadas y se le ama en las entrañas. Podrán acabar con las primeras, pero en el alma, en el corazón, chinguen a su madre: ¡NO PASARÁN!

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