martes, febrero 10, 2009

Ladillas - don Nicolo

Ladillas

Don Nicolo

Por el Lic. Mefistófeles Satanás

“El Príncipe”, escrito por Nicolo Machiavelli, no es un manual de buen gobierno. Es un manual de sobrevivencia para los príncipes (gobernantes). El dar buen gobierno no es el objetivo primordial de un príncipe, el sobrevivir lo es. Según aconseja don Nicolo, el príncipe debe de abrazar el bien, si, y ser o aparentar ser virtuoso, pero también debe estar preparado para “hacer el mal si tal se requiere para sobrevivir”.

Hay quienes afirman que los hombres se hacen malos al momento de ambicionar gobernar a otros hombres. De acuerdo a don Nicolo, es más correcto decir que los hombres deben de estar dispuestos a ser malos si van a gobernar a otros hombres. Don Nicolo aconseja a los príncipes ser totalmente amorales. O, como lo afirmó un político mexicano: “la moral es un árbol que da moras”.

Si el príncipe debe dar la apariencia de virtud aun si está dispuesto a hacer el mal, entonces el enano ha fracasado en ese aspecto. La percepción de su rectitud nunca ha fructificado, a pesar de tener “manos limpias” como su lema de campaña y de darse desplantes de catolicismo exagerado. Fue por eso que la balconeada de Hildebrando durante el segundo debate le fue tan letal: expuso su podredumbre. Dudo que haya tan solo un mexicano lo suficientemente pendejo para creer que el enano es honrado.

Según Machiavelli, el príncipe despierta simpatías, aun siendo un usurpador, si asegura la tranquilidad de la mayoría de la población y aplica la violencia en forma mesurada. Y, según don Nicolo, el príncipe tampoco debe dar la apariencia de ser afeminado y cobarde. Una vez mas el enano fracasa. Su guerra contra el narco ha desatado la violencia sin control. Y la percepción de su afeminamiento y su cobardía impiden que despierte simpatías. De ahí que sus declaraciones de que “el narco lo amenazó” o su caída del triciclo o la manera en que lloró la muerte de su camotito solo causan desprecio.

El príncipe no necesariamente es tan solo un hombre. Las treinta familias que mal gobiernan México forman una especie de principado colectivo. Las máximas de don Nicolo se aplican a este príncipe de las treinta cabezas. Para dar la impresión de virtud, practica un catolicismo exagerado (ver Laurencio Ceviche y su osito diabolico). Su poder es primordialmente clientelar (en el sentido romano de clientela). A través de sus clientes (líderes sindicales, merolicos chayoteros, la presidencia, jueces, etc.) ejerce la violencia cuando necesita “hacer el mal si tal se requiere para sobrevivir”.

Atenco fue sin duda la autoría de este príncipe de las treinta cabezas. Este príncipe de las treinta cabezas era el que iba a ser beneficiado por el nuevo aeropuerto. Llamó a su cliente, un aspirante a príncipe, Yimi Neutron, y le ofreció la presidencia si eliminaba los atequenses. Y así fue como Yimi Neutron, para demostrar que tenia los requisitos para ser príncipe, “hizo el mal si tal se requería para sobrevivir” y aplico la violencia en la forma contundente, rápida, y quirúrgica como lo aconsejaba don Nicolo.

Sin embargo, el mundo ha cambiado. La represión en Atenco fue una noticia que le dio la vuelta al mundo. La internet se encargó de difundir los videos, grabaciones, fotos, y ya no le fue posible al príncipe de las treinta cabezas o a su cliente, Yimi Neutron, hacer las cosas “en lo oscurito” como se acostumbra en México. Atenco fue una victoria táctica y pirrica del príncipe de las treinta cabezas y de su encopetado cliente y una victoria estratégica de los atequenses: el hecho es que ahorita NO hay un aeropuerto en Atenco y en lugar de tiendas duty free para enriquecer al príncipe de las treinta cabezas hay milpas.

Hoy en día, el príncipe de las treinta cabezas esta utilizando a otro de sus clientes, la SCJN, para tratar de tapar sus fechorías. El mero hecho de que se ventile el asunto en la SCJN es ya una victoria de la sociedad civil: repito, el mundo ha cambiado y no pueden estos príncipes seguir haciendo sus fechorías en lo oscurito. Si le conviene al príncipe de las treinta cabezas, se deshará de su encopetado cliente (“la moral es un arbol…”). Como los gringos en Vietnam, los príncipes están aprendiendo que hay limites a la efectividad de la violencia que ejercen cuando creen que peligra su sobrevivencia.

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