martes, junio 24, 2008

Cuento: El Debate en el Senado

Andanzas de Don Menfis

El Debate en el Senado

“¿De que le sirve a un hombre gobernar el mundo si pierde el alma?” – Mateo 16:26

Prologo

Si tenéis en vuestras manos estas letras malditas leedlas a sabiendas de que arriesgáis condena al hacerlo, pues estos son los menesteres de las andanzas de Mefistófeles Satanás, llamado el Conde de la Legión por los españoles, a los que acompaño a tierras americanas. Bien, ¿todavía insistís? Sea pues, os contare como no es la primera vez que la suerte de la nación mexicana se decide en un debate en un senado o que un hombre ambicioso se alía contra el resto de los mexicanos para servir a Castilla.

I. Maxiscaltzin

Los detalles de nuestra entrada a Tlaxcala los podéis encontrar en los escritos de Bernal Díaz del Castillo. Huelga decir que después de la derrota de Xicotencatl, se nos recibió de buena manera. Había en la republica tlaxcalteca un grupo de hombres que veían con beneplácito nuestra llegada. Otros, los de la facción del príncipe Xicotencatl, deseaban ofrecer nuestros corazones en los teocallis de sus dioses. Fue uno de los primeros, Maxiscaltzin, el que toco a mi aposento una noche.

“Entrad.”

El hombre vestía como un indio noble, con toga yucateca blanquísima y realzada con elegantes diseños geométricos, múltiples adornos de oro, plata, zapatos de cuero de víbora, y plumas de quetzal. Era de pocas carnes, no mal parecido, y frisaba en unos cuarenta años. Traía en sus manos un manojo de rosas, pues era afectación muy común aun entre los mas fieros guerreros mexicanos pasearse portando estas. Y el tufo de los europeos las había hecho articulo de primera necesidad, sin las cuales no era posible soportar su presencia. A excepción de la plumeria y las flores su porte me recordaba los altivos padres conscriptos que había conocido en el senado de Roma. Estaba solo.

“Zenobia, estaos quieta,” le dije a la loba negra que traia por mascota. El indio la vio receloso. “¿Y bien? ¿En que os puedo servir señor Maxiscaltzin?”

“Conocéis mi nombre y habláis el mexicano. Ya decía yo que no sois como los otros teules.”

“¿Teules? Esa chusma que me acompaña ciertamente no son dioses.”

“¿Y vos? No lo neguéis. Vos no sois humano. Los sacerdotes del templo de Quetzalcoatl hicieron la señal contra el mal del ojo al veros. Y sois el único entre los de Castilla que se baña.”

“Los sacerdotes de Quetzalcoatl son sabios. Es dado a algunos mortales reconocerme. ¿Qué deseáis de mi?”

“¿Qué veis en mi alma?”

“Vuestra aura brilla en forma distorsionada…ah, es la ambición la que os motiva. Sois uno de los principales del senado de esta republica. Sin embargo, para vos no es suficiente ser primus inter.pares. Ambicionáis el mando absoluto. Adivino que alguna vez fuisteis hombre bueno. Bien, la vuestra es una vieja historia y no por vieja menos trágica.”

“¿Por qué decís eso?”

“Los hombres dejan de ser buenos al ambicionar gobernar a otros hombres. Bien, me imagino que queréis saber como saciar vuestra ambición.”

“Habéis leído mi alma a la perfección.”

“Os advierto que el resultado no será tal como lo deseéis.”

“Sea.”

“Bien. No tenéis que hacer nada. Ya encabezáis la facción que apoya a Castilla en estas tierras. Continuad así y eventualmente seréis señor de Tlaxcala.”

“¿Será mi voluntad ley?”

“No veréis a nadie alzarse contra vos en esta ciudad.”

Al dia siguiente nos disponíamos a salir rumbo a la Gran Tenochtitlan. Vide al indio entre los principales de Tlaxcala. Desde mi corcel negro le pregunte: “¿Todavía queréis hacer lo convenido, señor Maxiscaltzin?”

“Si,” respondió el hombre. Los ojos le brillaban.

Apunté al volcan que se veia a oriente. “Subid al Matlalcuéitl (volcan La Malinche) y ofreced un sacrificio.”

“¿A que dios?”

“A ninguno. Dios no tiene nada que ver con esto,” y espoleando a mi corcel y con Zenobia siguiéndonos me uni a la columna española.

II. En Retirada

Meses después, vagábamos yo y los castellanos por el altiplano mexicano. Estábamos derrotados, desmoralizados, dispersados: eran los días posteriores a la Noche Triste.

“Señor Conde de la Legión,” me dijo Cortes, “¿cree vuecencia que este indio es de confiar?”

Frente a nosotros se encontraba un indio macilento que se había ofrecido a ser nuestro guía. Zenobia le gruñia y el hombre nos miraba con espanto.

“Señor capitán, os aseguro que si lo seguimos llegaremos a nuestro destino.”

“¡Ja!” se rio el extremeño. “Os conozco ya bien, señor conde. Sois como el oráculo ese que le hablo a Creso. Vuestras palabras son ciertas y falsas a la vez, sujetas a una interpretación muy cuidadosa. Se bien que el destino de todos los hombres es alimentar los gusanos. Quiero que me digáis si en verdad este indio nos llevara de regreso a Tlaxcala.”

“Adivino que si sabe el camino y que no nos ha mentido hasta ahora. Las montañas nevadas están al occidente ya. En algún lugar al norte de nosotros está Tlaxcala. Sabed sin embargo que una columna mexicana nos sigue los pasos de cerca.”

“Bien, ¡Alvarado! ¡Venid!”

“Dígame capitán.”

“Los heridos, Alvarado, encargaos de ellos. Tenemos que aligerar el paso.”

Contemple la escena sin decir palabra. Alvarado había sacado su cuchillo, el que los españoles llamaban “de misericordia” y se disponía a despachar a los heridos.

“¿Qué opináis, señor conde?” me preguntó Cortes.

“Que yo hubiera hecho lo mismo, señor capitán.”

III Cuitlahuac

Mientras tanto, en el palacio de Axayacatl, el nuevo tlatoani y vencedor de Cortes, Cuitlahuac, examinaba un yelmo español. Frente a él estaban los tlanatimimes o ancianos de la Casa Negra. Eran estos el conclave de sabios que aconsejaban al emperador mexicano.

“Es durísimo,” dijo el tlatoani.

“Cierto, mi señor,” respondió Cacama, tribuno de la legión de los caballeros águila. “Sin embargo, algunos castellanos se han desembarazado de estas corazas y se visten con petos de algodón como el resto de nosotros. Son mas ligeros y ayuda a confundirlos entre sus indios aliados.”

“¿Dónde se encuentran ahora?” preguntó el emperador.

Los tlanatimimes desplegaron un mapa de Anahuac hecho en papel de amate.

Cacama trazó con su mano la ruta seguida por los españoles en su huida. “Han rodeado los volcanes. Tratan de tomar rumbo al norte, rumbo a Tlaxcala. Los sigue de cerca una legión.”

El tlatoani contemplo el mapa. Su dedo se posó sobre el punto donde se encontraba la columna española. Los dibujos se confundieron. Cuitlahuac tembló y casi se desmayó.

“¿Está bien mi señór?” preguntó el petlalcalcatl o gran chambelán de la corte mexica.

“Con su venia, mi señor,” dijo uno de los tlanatimimes poniéndole la mano en la frente. La piel ardia y estaba muy seca. El anciano lo contemplo con preocupación. “Mi señor debe descansar.”

“Tiempo sobrara para descansar en el Mictlan (mas alla),” dijo el tlatoani sentándose pesadamente en una silla. “Señores, si nuestras legiones los alcanzan y los acaban cuanto mejor. Sin embargo, no podemos confiar en que así será. Tenemos que utilizar la diplomacia. Señor Macuilxochitl…”

El cacique de Huitzilopoxco se aproximo e hizo una caravana respetuosa. “Vos sois tan sutil como la serpiente. Os pediré que encabecéis una embajada, a Tlaxcala, ofrecedles una alianza contra Castilla. Confió en vuestra sagacidad y astucia. Unidos, Tlaxcala y Tenochtitlan, seremos invencibles y podremos extirpar a los castellanos de estas tierras.”

IV Sacerdotes y Adversarios

Los embajadores llegaron a Tlaxcala un par de días después. Acompañando a Macuilxochitl, el jefe de la comitiva, estaban el príncipe Cacama y Cipactli, el maestro mayor de la Casa Negra.

Los tlaxcaltecas los recibieron con toda clase de cortesías. La persona de un embajador era sagrada en el México de la antigüedad. Después de todo, ¿no habían los dioses causado la destrucción de Cholula después de que estos habían vejado a Platahuatzin, enviado de los de Tlaxcala?

“Señores embajadores,” les dijo el petlalcalcatl tlaxcalteca, “sed bienvenidos. Seréis alojados aquí en el palacio del senado. Mañana se os recibirá en sesión formal y podeis presentar vuestra embajada.”

“Señor petlalcalcatl,” dijo con cortesía Cacama, “¿podeis presentar mis respetos al príncipe Xicotencatl? Somos viejos adversarios.”

“Tal haré, mi señor.”

Esa noche los embajadores recibieron varias visitas. Primero se presentaron los sacerdotes de Quetzalcoatl, pidiendo hablar con Cipactli.

“Maestro,” le dijeron los sacerdotes mientras hacían reverencia, “recibimos su solicitud. Traemos los escritos que vos nos pidió.”

“Gracias hermanos,” respondió Cipactli. “No quedan mas que unas horas de luz. ¿Podéis proveerme de antorchas esta noche y los servicios de un tlacuilo (pintor de códices) y alguien que me ayude a interpretar los xiuhámatl (cronicas) y teucuicatl (cantares)?”

“Os prestaremos a Ollinatl, es nuestro mejor discípulo y su dedo fluye sobre el papel como el agua interpretando los escritos.”

También se presentó el príncipe Xicotencatl con Cacama.

“Señor,” dijo Xicotencatl, “veo que habéis sanado.”

“Principe, vuestra macana es certera pero mi cráneo es duro.”

“Siento lo de su ojo.”

“Menesteres de la guerra, príncipe. Si mi escolta no me hubiera rescatado no estaría aquí. Escuchadme: no os pediré que traicionéis a vuestra ciudad. Pero, decidme, ¿habéis visto a los de Castilla recientemente?”

“Vagan por el sur, no creo que traiciono nada si os informo de lo que vuestros exploradores ya sabrán. Vienen muy malheridos y diezmados. Fueron alcanzados por una columna de vuestros guerreros. Pero si siguen con vida eso indica que la victoria no fue de los mexicanos.”

“Podéis adivinar a lo que venimos.”

“Si, ofreceréis una alianza. Solo os dire una cosa. Cuidaos de Maxiscaltzin.”

“Entiendo. ¿Y vos?”

“Con gusto hundiría mi macana en el cráneo de Malinche (Cortes). Ojala que no sea tan duro como el vuestro, ¡ja ja! Sin embargo, sabed que si mi ciudad se decide por otro rumbo, tendré que servirle fielmente.”

“Quieran los dioses que no tengamos que enfrentar a vuecencia y a vuestros guerreros otra vez.”

V Trofeos de Guerra

“Senadores,” anunció el petlalcalcatl, “los embajadores mexicanos.”

Entraron al foro los embajadores, encabezados por Macuilxochitl. Traían varios cargadores que portaban ricos regalos, artículos de oro y plata y de plumeria, finísimas vestimentas, costales de cacao y otras finezas. Todas estas fueron depositadas frente a los ancianos de Tlaxcala.

“Señores de Tlaxcala…hermanos…” comenzó Macuilxochitl.

Hubo un murmullo de desaprobación.

“Si, me atrevo a llamaros así, a pesar de lo mucho que nos ha separado...”

“¡Sangre! ¡Rios de sangre!” se oyó una voz entre los senadores.

“Es de sabios cambiar. Entended primero que no venimos aquí a postrarnos ante ustedes. Las armas mexicanas han derrotado a los de Castilla.”

Maxiscaltzin se paró. “Mexicanos, venís a ofrecer palabras de amistad. Se ha respetado vuestras personas, como lo aconsejan las leyes de la civilización. Sin embargo adivino que seguís tan altivos y orgullosos como siempre. Anunciáis que habéis derrotado a los de Castilla. Nosotros hemos sido testigo de la fiereza y armamento de estos castellanos. Montan unos como venados a cuyo paso causa la tierra temblar. Y se hacen acompañar de unos fieros mastines inmisericorde y entrenados para la guerra. Y sus armas matan a distancia. ¿Y aun así decís que los habéis derrotado? Señor Macuilxochitl, sois conocido por vuestra sutileza aunque hoy no dais muestra de esto. Me atrevo que tal vez vuestra interpretación de los hechos deja mucho que desear.”

.

“Señor Maxiscaltzin, os aseguro que no me ofendéis al poner en duda lo que digo. Aplaudo vuestra cautela, vuestra prudencia vela por vuestra ciudad. Pero sabed, tlaxcaltecas, que no es necesaria la sutileza cuando se habla con el corazón. Traigo el testimonio de la derrota de estos europeos. Príncipe Cacama, por favor…”

Cacama hizo una señal a su escolta de caballeros águila y estos pusieron unos bultos frente a los senadores. Cacama los fue destapando. Eran las cabezas de varios caballos, mastines, y doce castellanos. Los senadores contemplaron los horribles trofeos con azoro.

“¡Tlaxcaltecas!,” explicó Maxiscaltzin, “antes de nuestra salida estas cabezas adornaron el templo de Huitzilopochtli. Las hice ahumar para poder traerlas aquí y mostrárselas. Ved las barbas y los cabellos rubios en varios de ellos. Ved los venados que montaban y los perros de guerra que los acompañaban. ¿Dudáis todavía de mis palabras? Como veis los de Castilla se les puede derrotar. No son ciertamente dioses. Son hombres. El príncipe Cacama mató a tres.” El príncipe les mostro su macana tinta con la sangre seca de Castilla.

“Ancianos, padres, con su venia,” dijo el príncipe Xicotencatl parandose.

“Hablad,” ordenó Maxiscaltzin.

Xicotencatl caminó entre los trofeos y sostuvo un craneo español en sus manos. “Solo soy un guerrero. Mi lengua es torpe, acostumbrada mas bien a gritar ordenes en un campo de batalla que hablarle a los ancianos. Solo os diré una cosa. Los de Castilla se encuentran a unas leguas al sur de la ciudad. Tengo mi legión, los mejores guerreros de esta ciudad, aguardando mis ordenes. Sabed que están ansiosos de venganza. ¡No serán los tlaxcaltecas menos que los mexicanos! Guiare a mis hombres contra los de Castilla. Dejad que mis hombres adornen los templos de nuestros dioses con las testas de los de Castilla. Antes de caer el sol serán hombres muertos. Dadme vuestra venia ¡y los de Tlaxcala marcharan!”

Los murmullos de aprobación se empezaron a oir entre los senadores.

Maxiscaltzin se paró. “¡Senadores! ¡Tlaxcaltecas! Escuchadme. No tomemos decisiones a la ligera. La suerte de esta republica está en juego. Seria irresponsable tomar una decisión ahora mismo. Y usted, príncipe Xicotencatl, sentaos. Ya se os derrotó una vez, ¡sentaos insisto! Dejad que los ancianos ponderemos que acción tomar.”

Xicotencatl hizo una reverencia. Al dirigirse a su asiento su vista y la de Cacama se cruzaron.

“Bien, señor Macuilxochitl,” continuo Maxiscaltzin, “vuestra evidencia es ciertamente impresionante. Pero dejemos estos menesteres que tanto enardecen la sangre de los jóvenes. Hablemos entre los viejos. Específicamente, ¿qué le ofrecéis a Tlaxcala?”

VI La Viruela

“Os ofrecemos una alianza, contra Castilla,” explico Macuilxochitl.

“¡Ah! ¿Suspenderéis la guerra florida?” preguntó con sorna Maxiscaltzin. “La sangre de nuestros hijos la habéis derramado con entusiasmo sobre los altares de vuestro Huitzilopochtli. ¿Cómo es que si estáis tan ciertos de vuestras fuerzas estáis dispuestos a abandonar el camino que Tlacaélel os indico? Senadores, os recuerdo que solo la serpiente muda de piel. ¿Cuántos de ustedes no han perdido hijos en la guerra florida?”

“Os repito, tlaxcaltecas, que hablo con el corazón. Ved mi rostro. Si venimos a hacer tal oferta es porque el peligro que se ciñe sobre Anahuac es tal que nos tiene que unir a todos.”

“¿Y Tlacaélel? Y los altares ensangrentados?” insistió Maxiscaltzin.

“Tlacaélel lleva ya muerto cincuenta años, señor Maxiscaltzin. Nuestro dios puede encontrar victimas en otros lares. Es precisamente por la vida de nuestros hijos que vengo a presentaros esta propuesta. Escuchad lo que os dirá el sabio Cipactli.”

Acompañado por Ollinatl, Cipactli empezó a sacar unos papeles de amate. “Con vuestra venia, senadores,” dijo Cipactli haciendo una reverencia. “Soy conocido entre los sacerdotes tanto de Anahuac sino hasta en las tierras del Mayab y en las de los tarascos. En la Casa Negra tenemos escribas que recopilan datos por medio de los cuales interpretamos los portentos. Lo que os vengo a advertir es corroborado también por los sacerdotes de Quetzalcoatl de esta republica.”

“¿Los de Quetzalcoatl han tenido contacto con usted?” preguntó Maxiscaltzin con dolo.

“Señor Maxiscaltzin, los estudiosos de Anahuac estamos por encima de las rencillas políticas. Con todo respeto os digo que no merecen vuestros sacerdotes que se insinué que no son patriotas. Mirad, las crónicas indican que estos hombres de Castilla se apersonaron por primera vez en las tierras del cacique Kam Pech (Campeche) aproximadamente hace diez años. Coinciden estos primeros contactos con los reportes que los matemáticos al servicio de los príncipes de Xiu (familia noble de Yucatán) nos han hecho llegar a través de nuestros pochtecas.”

“Es bien sabido que tenéis espías en todas partes,” dijo Maxiscaltzin.

“Tenemos corresponsales para menesteres científicos, señor Maxiscaltzin, esos los tenemos, aun en las tierras de los chichimecas. En donde quiera que haya un hombre que quiera entender a los dioses y al mundo tenemos a un hermano. Os repito con todo respeto que los tlanatimimes solo buscan la verdad y preferimos no involucrarnos en la política. Los pochtecas sirven tan solo de correo. Bien, al presentarse estos hombres de Castilla también comenzó una enfermedad mortal. Se caracteriza por la formación de pústulas supurientas (viruela). Es invariablemente mortal. Los pocos que la sobreviven quedan desfigurados.”

Los senadores intercambiaron miradas. Ya se habían declarado algunos casos de viruela a raiz de la llegada de los españoles.

Cipactli mostro un mapa de Anahuac. “Esta enfermedad ha venido en oleadas. Tenemos evidencia de que causo gran mortandad entre los chontalpas. Hay ciudades en el mayab que han sido despobladas. Hubo un interludio y una nueva oleada vino desde tierras guatemaltecas. Tenemos reportes de que los de Castilla también han desembarcado mas al sur. Tened, leed las crónicas, aquí están para vuestra consideración. Senadores, la evidencia es incontrovertible. Los de Castilla traen la enfermedad. A menos que sean destruidos, esparcirán la muerte y la desolación en estas tierras. Este peligro nos hermana. Por nuestros hijos, tlaxcaltecas, unámonos para extirpar la estirpe venenosa de Castilla.”

“Creo que los brujos ya han hablado lo suficiente,” anuncio Maxiscaltzin rechazando con desprecio los códices que se le ofrecían. “Mexicanos, retiraos por favor y os haremos saber nuestra decisión.”

A la mañana siguiente los embajadores mexicanos iniciaron el camino a Tenochtitlan. Según les había filtrado Xicotencatl, el senado había debatido arduamente hasta muy entrada la noche. Sin embargo, las promesas y amenazas de Maxiscaltzin los habían intimidado. Tlaxcala si aceptaría una alianza, pero solo y siempre y cuando no fuera contra Castilla. No iban a permitir ser insultados con tal respuesta los dignos y altivos embajadores mexicanos y Macuilxochitl dio la orden de retirarse. Al regresar encontraran que la viruela ya hacia estragos entre la población de la Gran Tenochtitlan. El mismo Cuitlahuac había muerto de esta enfermedad.

Epilogo

Muchos años después, asistí a la fiesta del Corpus que se celebraba en la nueva catedral de Tlaxcala, erigida sobre el teocalli de Quetzalcoatl. Al terminar la misa encontré en la puerta de la catedral a un indio viejo y ciego mendigando limosna. Estaba este sucio y vestía harapos.

“Señor Maxiscaltzin, que gusto reconocerlo,” le dije.

“¿Quién sois? No se me ha llamado por tal nombre en muchos años. Me hice bautizar como don Pedro.”

“En efecto, y os aliasteis con entusiasmo con los de Castilla. ¿Reconocéis mi voz?”

“¡Oh Dios! ¡Ya os recuerdo! Sois un mentiroso. Vedme.”

“¿Mentiroso? ¿Por qué? ¿No llegasteis a ser encomendero de esta ciudad? ¿No era vuestra palabra la ley?”

“Os burláis de mi. Sabed que si, la llegue a gobernar. Pero gobernaba sobre un cementerio. Apenas comenzaba mi reino que la viruela nos diezmo. Mis hijos, mis esposas, toda mi familia murió. Yo sobreviví a la enfermedad pero quede ciego.”

“En tal caso os dije la verdad. Os predije que no veríais a nadie alzarse contra vos. ¿No es cierto?”

“¡Me atormentáis! Los españoles mismos, esas víboras ingratas, se ensañaron sobre de mi y me quitaron del trono. Y ciego y sin familia no tuve quien me protegiera. ¡Dios mío!”

“¿Añoráis la muerte?” saque mi cuchillo de misericordia y puse la punta de este en su cuello.

“Seria una caridad.”

“Cierto. Y vos no la merecéis,” dije guardando mi cuchillo mientras me dirigí adonde mi corcel y mi loba aguardaban. Deje al hombre gimiendo y llorando en el dintel de la catedral.

Fin

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